Verónica Leiton, originaria de Santiago de Chile, emigra a nuestra frontera de Cd. Juárez – El Paso hace más de 15 años. En 1994 es invitada a participar en un festival fronterizo de cine, decidiendo desde entonces radicar y desarrollar su obra plástica en esta región para bien y beneplácito de sus habitantes y de la comunidad vinculada con el arte. Quienes conocemos más de cerca su pasión y disciplina, aunados a su talento, jamás nos ha sorprendido el que haya sido reconocida en repetidas ocasiones con premios importantes (Premio Chihuahua, Beca David Alfaro Siqueiros, Mención Honorífica en el Premio Binacional Fronterizo Siqueiros-Pollock), además de múltiples invitaciones a exponer en espacios de prestigio, de manera individual y en muestras colectivas, tanto local como nacional e internacionalmente.
El año pasado expuso su trabajo en una muestra internacional de arte contemporáneo en Grecia y en el mismo año es invitada a exponer y ser parte del catálogo de artistas de la Galería Misrachi en la ciudad de México.
Su trabajo plástico, como el de todo verdadero artista, habla por sí mismo, se abre camino sin padrinazgos ni recomendaciones, y ésta ha sido la tónica durante sus 15 años de trabajo y fructífera estancia entre nosotros.
Algo que debemos señalar como fundamental en su proceso creativo, es su indiscutible sentido poético, dentro de un tono multívoco en su evidente talento plástico. Mucho se ha dicho respecto del parentesco entre poseía y artes plásticas, pero en el caso de Verónica esta simbiosis cobra un profundo sentido, pues no hay pieza de su vasta obra, que no haga referencia a algún texto poético.
En ambas disciplinas, poesía y artes plásticas, podemos visualizar dos orientaciones o formas de realización, una vinculada al realismo, donde en ambas disciplinas lo expresado se queda dentro de un tono univoco: No hay nada más allá de lo que se plasma en el lienzo, como no hay nada más allá de los renglones que nos cuentan algo con obviedad, carente de insinuación, y por lo tanto de provocación textual.
Creo que el poema eleva su calidad como tal, en cuanto su capacidad de insinuación es mayor y cuya provocaciÓn lleva a cada lector al encuentro de mundos inéditos, en ocasiones no imaginados ni previstos por el propio autor; es en este momento que estamos frente a la poesía con mayúsculas. Exactamente sucede lo mismo frente a una verdadera obra pictórica cuya propuesta nos lleva a través de la sabia combinación de colores, tonos y formas, al despliegue de nuestra ensoñación, hecho contundente frente a la obra de Verónica.
La riqueza de colores y formas en su obra, que en ocasiones nos recuerdan las profundidades marítimas, pobladas de seres misteriosos cuyo origen nos es desconocido, hasta la aridez que dejaron aquellos mares perdidos en la profundidad de los tiempos y que ahora son arena y sedienta sequedad, están continuamente como temática central de su pintura, cuya avalancha de colores enmarca la magia de su trabajo que es pirotecnia y sinfonía, pero también apacible soledad donde habita el silencio.
La emoción de la que parte Verónica en cada una de sus obras, es aquella de la que parte su compañera de jornada en esta exposición: la poeta chilena Gabriela Mistral, paisana más allá de lo geográfico, paisana espiritual, uno de los iconos de la entrega y la generosidad literario-poética de "nuestra América". En carta fechada el 4 de enero de 1955, dirigida a Fedor Ganz, la poeta dice entre otras valiosas líneas: "Parto de una emoción que poco a poco se pone en palabras, ayudada por un ritmo que pudiera ser el de mi propio corazón". Creo que el trabajo apasionado y constante de Verónica parte igualmente de una emoción que no cesa, y nos lleva, también paso a paso, al encuentro de los dictados secretos, misteriosos, del corazón.
Esta exposición, que de cierta manera corona un proceso ascendente en el trabajo comprometido y excelente de Verónica Leiton, lleva por titulo: "Metáforas cromáticas de la Mistral en México". Qué forma más íntima entre dos disciplinas puede haber que aquella que interpreta el trabajo poético de una gran escritora con el trabajo plástico de una gran pintora, ambas hermanadas por la metáfora que no es sino capacidad profunda de descubrimiento y profecía de encuentros, y a su vez, ambas con largos periodos de estancia, trabajo y amor por México, una en el proyecto educativo más emblemático de nuestro país, hombro con hombro, con Vasconcelos, la otra radicando por decisión personal en la zona que es cicatriz y principio, convulsión y esperanza: la frontera de México con Estados Unidos, realizando un trabajo que continua siendo metéfora de hermandad y misterio.
Enrique Cortazar
enero 2010